Blog de Daniel Vilalta

Reencontrando el camino

Primeras hojas de "Reencontrando el camino"

Escrito por danielvilalta 11-08-2014 en Literatura. Comentarios (2)

Hola, aquí tenéis las primeras hojas de mi segundo libro titulado "Reencontrando el camino".

           

   

  REENCONTRANDO EL CAMINO

   Daniel Vilalta Castel

 

A los que amo y me aman, que son legión.

Índice:

-El encargo real……………………………………………………… 4 

-Vidas posibles………………………………………………………. 99

-¡Un piso a su medida!....…………………………………………….105

-Esperando su regreso………………………..................................112

-Corazones fronterizos………………………………………………. 122

-Fama……………………………………………….…………………..129

-Almas cabobercianas……………………………………………….. 137

-Reencontrando el camino………………………………………….. .148

-Sin novedad en el frente…………………………………………….. 161

-Avance novela “El legado de Userhat”………………………………182

 

Finalista XXXII Premio Literario “Felipe Trigo” de Narración Corta

  EL ENCARGO REAL

(Basado en hechos reales)

  1

9 de marzo de 1893

Querido diario:

¡Cuánto me alegro de tenerte otra vez conmigo! Los carceleros se han apiadado de mí y por fin han cedido ante mis reiteradas súplicas, hastiados de escuchar los lacrimosos lamentos con que he procurado taladrar sus oídos de día y de noche, implorando por tu pronta devolución. ¿Recuerdas cómo me puse cuando mi amada Constance concedió más crédito a las pretensiones de matrimonio de aquel picapleitos de tres al cuarto de Queens que a la mías? Pues ni comparación, aún peor. Afortunadamente, los guerreros más bravos de este país de mierda son mucho menos inconmovibles que mi dulce prometida. ¡Dios la bendiga con la gracia de un rayo certero!

Me siento aliviado. Contigo ya no me sentiré tan solo. Serás consuelo en mis horas aciagas una vez más. Y en tus páginas podré dejar constancia de mis últimos pensamientos antes de morir; contar de primera mano lo que me ha sucedido, por muy absurdo que me parezca todavía. Esperando, quizá, que alguien logre encontrarte algún día, aquí, en el confín del mundo.

No sabría precisar con rigurosa exactitud el número de inventores que han fallecido a consecuencia de sus propias creaciones; pero yo, Harold P. Brown, el inventor de la tan en boga silla eléctrica, probablemente formaré parte de esa macabra lista en cuanto el sol africano dé los buenos días y al estrafalario rey de Abisinia se le antoje recordar que hace dos semanas que tiene recluido a un estadounidense a la espera de ser ejecutado.

¿Quién me mandaría a mí dármelas de intrépido aventurero, yo, que nunca he salido de Nueva York? Y todo por culpa de mi ego, de mi vapuleada vanidad de colegial. Sí, tenía derecho a sentirme indignado con el mundo, abrigaba numerosas y justificadas razones para estar harto de sufrir en las tripas el frío desapacible del olvido que, irremediablemente, se termina experimentando bajo la sombra de mi admirado Thomas Edison; pero ¿no era mejor saberse eclipsado por un gran hombre que descansar eternamente bajo dos metros de tierra compacta, en un país perdido de la mano de Dios e infestado de salvajes ignorantes y leones hambrientos?

  Sé que no es loable regocijarse de la muerte de un ser humano, por muy malvado que este pudiese haber sido en vida, pero reconozco humildemente que cuando William Kemmler tuvo el dudoso privilegio en el penal de Auburn de ser el primer reo en probar la comodidad de mi silla eléctrica, me reconocí gratamente embriagado, flotando en una esponjosa nube de azúcar. Finalmente elevado por méritos propios a la altura intelectual de mi consagrado benefactor.

Como bien sabes, porque si no te aseguro que no me hallaría en este calamitoso embrollo, el entusiasmo por los halagos de toda la comunidad científica me duró más bien poco. Se achicó tan rápidamente como el descorche de una botella de champán barato por culpa del iletrado populacho, que es, a fin de cuentas, quien te encumbra realmente a la fama.

Como no me conocían, la opinión pública comenzó a atribuir mi invento al señor Edison porque su nombre le resultaba más familiar. Los medios de comunicación, siempre tan arbitrarios y poco meticulosos en el uso del cuarto poder y su influencia, añadían invariablemente a la noticia el dato de que yo era un destacado joven de veintiuna primaveras, que en aquel año de 1890 trabajaba para él en sus laboratorios del General Electric Company. Y sin quererlo ni beberlo, por pura e injusta correlación, mi nombre y mis apellidos se fueron difuminando en los rotativos hasta desaparecer, otorgando paulatinamente el logro científico a Edison. Era tal el despropósito, que en más de una ocasión incluso necesité defender mi autoría con la vehemencia de un predicador irlandés ante mis propios vecinos de Brooklyn. Vergonzoso.

Por todo ello, en cuanto nos transmitieron a los empleados la inusual petición del excéntrico rey Menelik II de Abisinia, no dudé en ofrecerme voluntario para ser el máximo responsable de que ese capricho real se concediera de la manera más satisfactoria posible.

Quise ver en aquel encargo una oportunidad que la justa providencia me enviaba para que mi mérito fuese pródigamente reconocido y elogiado por un personaje de alto copete -un monarca nada menos-, aunque fuese uno que solo conocían en su casa: un negro selvático que se cubría sus partes menos nobles con pieles de león secadas al sol y se tocaba con una ostentosa corona de oro puro y gemas engarzadas, al más genuino y rancio estilo inglés.

Debo admitir, con cierto rubor porque me considero una persona de una cultura general muy amplia y bien documentada -no entiendo únicamente de corrientes alternas o continuas-, que al leer la misiva que Roswell P. Flower, el gobernador de Nueva York, había recibido en su despacho atacada de una viruela de abigarrados sellos e ilegibles certificados de tan diferentes y diversos países, me vi obligado a buscar en un atlas de la Biblioteca Pública de Brooklyn la ubicación correcta de aquel rincón del globo de tan exótico nombre. Y no, no era ninguna broma astutamente diseñada: Abisinia existía. La llamaban <<la Suiza de África>>, y estaba plantada en el cuerno de ese inmenso y desconocido continente, sobre todo para mí, que apenas retenía en la memoria unas leves nociones de su enrevesada geografía.

Me chocó comprobar que la noticia de mi invento había llegado como primicia a Addis Abeba, su capital, ¡con tres años de retraso!

No era de extrañar, la verdad. Por lo que he podido descubrir en persona más tarde, las noticias locales suelen viajar con considerable rapidez y eficacia por todo el país gracias a la fiable red de tambores. Este rudimentario telégrafo funciona a las mil maravillas, sorteando sin aparente dificultad altas montañas, inmensas mesetas, profundos barrancos y caudalosos ríos; haga sol, llueva o nieve. Pero a la hora de hacerse eco de los acontecimientos de toda índole que se producen más allá de sus fronteras y más allá de los vastos confines africanos, las informaciones llegan escasas y ya algo anticuadas a los oídos de unos pocos privilegiados abisinios. Aun así, doy fe de que, cuando llegan, las reciben con idéntica sorpresa y admiración que en el resto del planeta, como si todavía fueran sucesos de primera plana y grandes titulares.

Pues sí, Menelik II se había enterado de la existencia de mi silla eléctrica. ¡Se sabía de mi invento en África! Estaba emocionado. Había llegado hasta sus soberanos oídos la intención del Estado de Nueva York de hallar un sistema de ejecución más <<humano>> que la desagradable y a veces lenta horca, que en aquellos días estaba siendo diana de muchas quejas por parte del ciudadano medio.

Era comprensible la preocupación de los políticos por su imagen ante los electores. Cuando se ejecuta a alguien, si el pobre diablo fallece con rapidez (<<en un pispás>>, como se suele decir), pues todos contentos. <<La ley es rápida y justa, bla, bla, bla… ¿Les apetece un refrigerio?>>. Y la foto queda genial en los periódicos, con los ilustres testigos muy solemnes y bien alineados a pie de horca.

Pero si el condenado se pone tiquismiquis y muestra muy poca disposición a la hora de cumplir con su papel estrella, es decir, morirse cuando le toca hacerlo, la cosa cambia. Si el tipo se empeña en no sucumbir ante la asfixia en pocos segundos o su cuello se resiste a romperse al primer latigazo, pues lo cierto es que, en estos casos -muy pocos, la verdad sea dicha-, hay que ser dueño de un estómago de hierro para soportar el horrible rictus de sufrimiento y las tremendas sacudidas del colgado sin apartar la mirada ni vomitar discretamente el almuerzo en el pañuelo. Después de semejante visión, ¿a quién le queda cuerpo para fotos?

Algo parecido le debía de pasar a Menelik, y como este se las daba de ser un moderno humanista entre sus partidarios, nos pedía que le enviásemos dos sillas con la menor dilación para poder dar el pasaporte a sus criminales más destacados sin que nadie perdiera el apetito por ello (que aquí lo de la comida se lo toman muy en serio).

Y en contra de los insistentes ruegos de mis seres más queridos, me embarqué en lo que, en aquel momento, idealizaba como la mayor aventura de mi corta vida, una aventura que, lamentándolo enormemente como bien puedes comprender, va a acabar siendo, además, la última. Lo más triste es que nadie llegará nunca a saber qué es lo que me ocurrió en realidad. ¿Me echarán de menos? El rey, con garantizar por su honor que una vez entregada la mercancía regresé a casa feliz como unas pascuas, tendrá las espaldas cubiertas, testimonios que lo corroboren no le faltaran. ¿Quién le iba a tildar de mentiroso si no había pruebas? Y si se creían su versión de los hechos, ¿quién iba a ser el guapo que arriesgaba vidas y una considerable suma de dinero para encontrar y repatriar un cadáver que seguramente ya había sido plato principal en un festín de hienas y buitres? ¿En un vasto continente donde los exploradores más curtidos se pierden con la misma facilidad que un ciego en un barrio desconocido?

Nadie se podía esperar, y por supuesto yo menos que ninguno, que aquel autoproclamado monarca de inquebrantable determinación, que tuvo la audacia de unificar un país disperso formado por distintos y enemistados estados feudales -a cual más beligerante y amigo de lo ajeno-, que lo había modernizado de arriba abajo, fuera en realidad ¡un lunático de libro! Un chiflado digno del más concienzudo de los análisis psiquiátricos.

Mientras surcaba el océano Atlántico, rumbo al picudo borde oriental de África, con las dos sillas eléctricas bien embaladas y estibadas en la inmensa panza del buque, me fui ilustrando tranquilamente acerca de la cultura y la historia más reciente de Abisinia gracias a un par de libros que me había recomendado un antiguo profesor de Historia.

El que más impresión me causó fue el titulado La campaña de Abisinia, escrito por F. Shepherd. Una lectura nada alentadora si se está pensando en hacer turismo por estos lares, ya que narra fielmente la rápida y sangrienta confrontación armada que mantuvieron los ingleses con el antecesor de Menelik II: el aún más desquiciado rey Theodore, un mal bicho de mucho cuidado. Sus páginas están salpicadas de minuciosos y repulsivos detalles sobre las mil y una formas que tienen por aquí de matarse los unos a los otros: ya sea en la batalla, a modo de castigo o como método de represión.

Con todo y con eso, mis recelos se disiparon como la niebla en cuanto fondeamos en el atestado puerto de Massaua e iniciamos ruta hacia la encumbrada capital.

Jamás me había sentido tan vivo.

Lamentablemente para mis delicadas posaderas, habituadas a las cómodas sillas y taburetes del laboratorio, la línea de ferrocarril que los risueños franceses habían iniciado desde su colonia de Yibuti para animar el comercio con Abisinia, y cuya última estación estaba planificada en Addis Abeba, avanzaba tan lenta como un caracol y apenas contaba con unas pocas millas de vía. Así que me vi obligado a sumarme a una larga y variopinta caravana de comerciantes y mercaderías, entre las que me impactó descubrir una veintena o más de patéticos esclavos.

Al principio, me hizo hasta gracia emular a mis antepasados vaqueros, montado en un ingobernable pero resistente caballito de montaña; pero según iban pasando las millas y se sucedían las horas -que aquí en África tienen más de sesenta minutos-, el dolor de huesos y músculos era insufrible, y apenas me permitió unos instantes de paz para poder disfrutar del espectáculo tan maravilloso por el que transitábamos.

¡Uf! Estoy cansado. Voy a tratar de dormir un poco. Continuaré escribiendo mañana.

Si aún sigo con vida.

  2

10 de marzo de 1893

Querido diario:

Como bien saben los que me conocen, nunca antes me había animado a salir de los límites de mi ciudad, que por sí misma ya es un mundo y ofrece de todo si pagas el precio convenido. Por eso, y a pesar de la incomodidad de tan prolongado y penoso viaje, aquel recorrido de cientos de millas por una naturaleza edénica, de altísimas crestas montañosas y valles insondables, me colmó los ojos de una belleza tal que, si me lo permites, solo voy a describir vagamente, porque no hay bastantes palabras en mi vocabulario para expresar con suficiente fidelidad cada una de las maravillas de las que fui honrado testigo.

Al ritmo pausado que marcaban los animales de carga, inevitablemente demorados por las pesadas cadenas y grilletes que sufrían los esclavos, fuimos avanzando en las sucesivas altiplanicies por curvas suaves, por lomas más o menos soportables y a través de hondonadas exentas de un peligro mortal evidente.

Sin embargo, una vez superada esa tranquila primera etapa de nuestro itinerario, la tierra se quebró ante nosotros de manera vertical, brusca e inesperadamente, como si un dios ocioso hubiese jugado a los castillos de arena y remodelado el paisaje a su antojo, originando con sus manos titánicas cañones profundos que te robaban el aire, profundidades de vértigo con las que tropezabas cada dos por tres hasta llegar a exasperar. La carretera entonces, convertida en poco más que una senda ancha, se abría paso a tientas por el terreno, zigzagueando al borde del abismo con una inestabilidad turbadora. No se sabe cómo, salvaba innumerables curvas y cerrados virajes con la paciencia de un gusano al tiempo que ganaba altura, pegada en precario equilibrio a las paredes, que casi parecían esculpidas a pico. Las vistas eran tan espectaculares como sobrecogedoras. El fondo de los barrancos se intuía allá abajo, a una caída de cientos de yardas. Las mismas que se alzaban cara arriba, hacia un cielo que se mostraba más inalcanzable que nunca.

Y retozando en total libertad por semejante escenario natural, por donde estoy convencido que Adán y Eva daban saltitos de gozo en sus primeras travesuras, mi corazón de niño se regocijó contemplando la exuberante e insólita población animal.

Ante mi mirada asombrada se sucedieron hermosos ciervos y dignos antílopes; fogosos monos; búfalos malcarados; grandes y peligrosos hipopótamos, y, sobre todo, el descubrimiento tan aterrador como fascinante de una pitón de seis metros, de piel brillante e hipnóticos colores, dormitando apaciblemente en el bajío.

Curiosamente, no logré avistar ningún león, el rey de la selva, ni de día ni de noche. No hasta que llegué a la capital, al lugar más urbanizado de Abisinia, donde me topé de bruces con dos enormes ejemplares en el lugar más insospechado e inadecuado.

Y por fin, cuando ya temía que si continuaba a horcajadas un minuto más sobre aquella incómoda montura mi cuerpo descoyuntado no recuperaría jamás su lozanía, arribamos a la tan anhelada Addis Abeba, residencia permanente de mi soberano anfitrión.

Vistas las penosas aldeas en las que habíamos pernoctado, o los primitivos y reducidos asentamientos humanos donde apenas nos habíamos detenido para reabastecernos de provisiones, la verdad es que no me esperaba encontrar gran cosa. El ánimo ya no me alcanzaba para mantener el espejismo de la ilusión. Millas atrás, había abandonado cualquier esperanza de encontrarme con una ciudad de ensueño, repleta de palacios y prosperidad, o, al menos, medianamente civilizada. Y lamento reconocer que no me llevé ninguna grata sorpresa. Lo que vi hizo que se me cayera el alma a los pies y me confirmó que no andaba equivocado con mi pesimismo. ¡Madre de Dios! ¡Pero adónde había ido a parar!

La capital de Abisinia era (es) un auténtico estercolero, eso sí, inmenso. Addis Abeba se extiende a los pies del monte Entoto a una altitud nada despreciable de unos siete mil pies -pie arriba o abajo-, en unos catorce acres de meseta, y va escalando la escarpada cuesta según crece en muertos de hambre y viviendas.

Según me comentó Hasani -nuestro políglota y servicial guía- nada más franquear la entrada principal de la muralla defensiva que la circunda, Addis Abeba es la urbe más alta del continente. Un verdadero nido de águilas. El muy estúpido lo mencionó orgulloso, hinchado como un pavo real, en su rígido inglés mal aprendido en alguna de las numerosas escuelas tuteladas por intrépidos religiosos que puntean África.

Estuve a un pelo de replicarle con mi afilada ironía, pero me contuve a tiempo. No me pareció prudente enojar al único de aquellos negros que se esmeraba en protegerme de tanta boca hambrienta de dientes afilados, tanto de origen animal como humano.

En mi humilde opinión, no creo que Addis Abeba pueda presumir de más méritos a parte del récord de altitud (que no dudé ni un instante que no lo tuviera). Es fea del demonio y tan grande como caótica. No hay ni una sola calle. Ni siquiera existe una avenida central que te oriente hacia la única edificación, digamos, destacable: el complejo palaciego.

La mayoría de las construcciones son meras chabolas que soportan la verticalidad por puro capricho, grandes chozas de adobe mal enjalbegadas de cal, ennegrecidas por el humo constante de las hogueras (aquí se desconoce la utilidad de una buena chimenea). Las precarias techumbres están fabricadas con paja seca, y serían el último cobijo que yo elegiría para guarecerme de una tormenta. Al verlas, me imaginé al lobo feroz soplando y soplando y no dejando ni una en pie.

Pese a todo, siempre encontrarás a alguien que vive peor que tú.

Los abisinios menos afortunados se apiñan en destartaladas tiendas de campaña, tiempo atrás de un blanco virginal. Algunas, curiosamente, de reconocible estilo militar. Vestigios del pasado que te recuerdan que incluso por estos inaccesibles parajes, reservados exclusivamente para las hábiles cabras, ha pasado de continuo y desde tiempos inmemoriales más de un ejército conquistador. Tropas comandadas por aguerridos generales que nada más llegar vieron y se fueron por donde habían venido sin poner mucho empeño en vencer, creyendo que no valía la pena tanto esfuerzo por un puñado de granos de café.

Así y todo, lo que más me desconcertó según íbamos adentrándonos en dirección a la residencia del rey, que se insinuaba a lo lejos, silueteada contra la montaña por un sol en declive, era la excesiva distancia que separaba unas viviendas de otras. Como soy mal pensado, me asaltó la impresión de que no reinaba la armonía precisamente entre sus más de cien mil moradores, como si mantuvieran vigente una de esas disputas pretéritas heredadas de anteriores generaciones, pero de las que ya nadie recuerda su procedencia con exactitud.

Andaba yo en estas cavilaciones, cuando la mayor parte del componente humano y de las mercaderías que acarreábamos en la caravana se separó despidiéndose de mí con amables adioses y sentidos deseos de fortuna (no, si cumplidores lo son un rato estos negros); y se dirigió renqueando al ritmo descompensado de los cautivos hacia el noreste, hacia la zona reservada a ferias permanentes y mercadillos varios.

Bueno, amigos lectores, espero que os haya gustado. Si os interesa, puedo enviaros la novela por correo postal previo ingreso de 16€ (los gastos de envío los asumo yo si es para España) en mi cuenta corriente del banco. Dedicada, por supuesto. Podéis pedírmela dejándome un mensaje en este blog o en mi email danielvilalta@hotmail.com

Un saludo y gracias.



Reencontrando el camino: el comienzo de una nueva aventura literaria.

Escrito por danielvilalta 11-06-2014 en Literatura. Comentarios (0)

Nuevo libro, nuevo post.

Escrito por danielvilalta el 06-06-2014 en InicioComentarios (0)

Hola, gente. Soy Daniel Vilalta Castel. Escritor nacido en Monzón (Huesca). En el 2010 publiqué mi primera novela "Llévame contigo" con una pequeñita editorial, que tuvo un buen recibimiento por parte del público y la crítica. Fue el mayor éxito editorial en la historia de mi ciudad hasta que llegó Luz Gabás (estupenda escritora y muy simpática) con su tsunami "Palmeras en la nieve" y me destronó. Buena novela, la recomiendo si no la habéis leído. Desgraciadamente, la editorial con que publiqué quebró hace más de un año debido a la crisis. Aunque eso me ha permitido recuperar los derechos de autor de mi novela (no me gustó nada cómo la editaron) y puedo volver a publicarla con mucha mejor calidad de acabado.

En el siguiente post colgaré el primer capítulo de "Llévame contigo". A ver qué os parece.

En noviembre de este año publicaré mi segundo libro. En realidad autopublicación.

¿Por qué autopublicarse? Porque a no ser que te fiche una gran editorial, con su potente maquinaria de publicidad detrás, pues no se gana dinero con esto de la escritura, la verdad. Y yo quiero vivir de ello. Es lo que me gusta. Y por eso decidí en el 2008 dejar mi trabajo fijo como técnico de rayos x y lanzarme a la aventura. Pensar, además, que el autor solo se lleva el 10% del precio del libro sin IVA. Una miseria, vamos.

¿Qué ganas con la autopublicación y qué pierdes? Aunque te pagas tu la edición de tu libro (un riesgo enorme), después todo el dinero de las ventas es para ti. Inconvenientes: que si no te mueves no vendes. Ya no eres solo escritor, sino también vendedor. Y la distribución: no puedes llevar tu libro muy lejos de donde vives, porque lo que consumes en gasolina no compensa las ganancias.

Pero bueno, con vender con el nuevo libro lo mismo que vendí con "Llévame contigo", pues ya me saco un dinerillo para ir tirando (que estoy en el paro y no recibo pensión por desempleado). Si no fuera por mis padres (ambos jubilados) ya estaría en la calle recitando cuentos a cambio de unas monedas, como los antiguos trovadores.

El nuevo libro se titulará "Reencontrando el camino". Y será un libro de relatos (novela corta + relatos cortos, muchos de ellos premiados en concursos literarios). La fecha de presentación en Monzón será el 13 de noviembre, en el salón de actos de la casa de la cultura. Todavía no hay hora exacta. Ya os iré contando. Y después a recorrer toda Huesca. Y si la cosa va bien, Lérida.