FINALISTA XXIX CONCURSO INTERNACIONAL DE CUENTOS “LOS
CUENTOS DE LA GRANJA” 2012
ESPERANDO SU REGRESO
Por Daniel Vilalta Castel
autor de la novela “Llévame Contigo” editada por La Tierra Hoy
¡Está tonta mi abuela! Mírala ahí sentada, mano sobre mano, con los ojos clavados en la puerta abierta del salón, esperando.
-¿Abuela?
Ni caso.
-¡Abuela! Te pregunto que si quieres jugar a las canicas.
Ya estamos con la sonrisita. Pero ¿por qué se sonríe cuando me mira? ¡Dios, que cara de atontado debo tener! ¡Qué infancia más cruel me espera! ¿Por qué no deja toda mi familia de mentirme y me confiesa que tengo cara de payaso? Porque si no, no lo entiendo. Nada, tranquila, no te cortes. Tú ríete a gusto, abuela, que por lo visto para eso estamos, para desencajarte la dentadura postiza.
Me pone de los nervios cuando hace eso. Me observa con un brillo misterioso en los ojos, gatuno, como si atesorara un secreto tan importante como inconfesable. Una verdad absoluta que de compartirla conmigo estoy seguro que me haría sonreír como lo hace ella. Pero por mucho que trato de sonsacarle información no suelta prenda la muy... Encima, en vez de responderme se hace la loca. Cuando le pregunto de qué se ríe se limita a asentir varias veces con su cabeza menguante, que a lo largo de los años se achica al mismo ritmo que van creciendo sus orejas y yo me estiro. Afirma con la cabeza como diciéndome: <<¡Ya te enterarás, ya!>>.
Por lo visto hace tiempo que está tonta, desde que el abuelo emprendió sin avisar ese viaje tan largo que lleva durando varios años. Aunque un día a mi tío, que se le ha puesto muy mal genio porque nunca sale de casa y que siempre anda jugando al escondite en cuanto vienen visitas, se le escapó en una cena que a su padre lo habían llevado de paseo. No, no era así… ¡A dar el paseo! Sí, eso, le dieron el paseo, como a un perro, dice, y pone cara de asco, como si hubiese probado algo amargo. Aún no entiendo muy bien lo del perro. Unos hombres, supongo que amigos de mi abuelo, vinieron a recogerle una madrugada en un camión. ¿A quién se le ocurre pasear a esas horas? Aunque tal vez salieron tan temprano para aprovechar el día y cazar durante la excursión, como cargaban con escopetas.
Desde entonces mi abuela parece un mueble más, y lo que es peor, toda mi familia la trata como si lo fuera. Al levantarse la llevan en brazos al váter. Y a la hora de desayuno en volandas a la cocina. Todas las mañanas la misma rutina de mudanzas porque se niega a dar un solo paso desde que terminó la guerra, porque se empeña en jurar que jamás va a volver a pisar la tierra manchada de sangre donde todos nosotros malvivimos. Y como nadie se atreve a llevarle la contraria se mueve por la casa como una eterna novia recién desposada. Hasta que la visten con su negro riguroso y pueden dejarla plantada en la mecedora para que pueda empollar el tiempo tranquilamente. Eso sí, con un cojín bajo los pies, para que no incumpla su promesa.
En cuanto la acomodan, mi mamá, que siempre anda por la vida con la cabeza gacha y en silencio, como si temiera molestar a alguien con su presencia o que la reconozcan por la calle, se preocupa de recomponerle el flequillo como si esperara que un fotógrafo del ¡Hola! viniera a retratarla en cualquier momento. Antes de alejarse deposita un beso en su frente con la misma delicadeza con la que limpiaba las copas buenas de Nochebuena, las que se rompieron el día que unos hombres de peor genio que el de mi tío vinieron a buscar a éste para darle uno de esos inesperados paseos que nadie sabe dónde terminan. Pero no supieron encontrarlo. Por lo visto a mi tío no le gusta pasear, y además es el mejor jugando al escondite. Aunque se empeña en ocultarse siempre en el mismo lugar y al final… ¡A ver cuándo me toca a mí y me sacan al fin de esta aburrida ciudad en la que se ha convertido Segovia! Apenas me dejan salir a la calle a jugar, que corren malos tiempos dicen todos. ¡Si está haciendo un verano que ni en Benidorm! Que es peligroso, aseguran. Pero si no hay ni Dios por las… ¡Huy! Perdón, perdón. Una blasfemia. Frente, abajo, hombro izquierdo, hombro derecho. Padre nuestro que estás en… Bueno, luego lo termino, que no me ha oído nadie.
Después del beso en la frente mi mamá la deja allí olvidada durantes horas, varada junto a la radio que únicamente sintoniza La Pirenaica, muy flojito, excepto cuando llaman a la puerta y mi mamá se apresura a sintonizar Radio Nacional de España y darle volumen antes de abrir. Pero mi abuela parece no escuchar ni a una emisora ni a la otra, porque en cuanto la abandonan concentra toda su atención en un mismo lugar. Nadie más que yo, el más pequeño, tiene delito la cosa, se ha dado cuenta de que para ella sólo existe la puerta, que controla como un aplicado vigía pirata a turno completo. La misma puerta por la que vio marcharse por última vez a mi abuelo para empezar aquel dichoso paseo que nunca finaliza y que emprendió, yo no le veo sentido, con lo listo y lo bien que hablaba, en pijama y descalzo.
¡Jo! Creo que si algún día no me encontrara a la abuela sentada en la mecedora el salón me parecería desconocido, como de otra casa, como si faltara un adorno pero no atinara a recordar cuál era. Lo sé porque tuve la misma sensación al faltar el abuelo José. Tardé en acostumbrarme a no verlo sentado junto a ella, siempre atento a las necesidades de su mujer, siempre pendiente de su salud delicada. Su sonrisa fácil, amable, paciente, como cosida a la cara. Sus ojos de cordero enamorado. A veces me avergonzaba, lo reconozco, porque me veía reflejado en él. Me recordaba mis propios jadeos de perro faldero cuando seguía a hurtadillas a mi adorada Martita desde el colegio Sagrado Corazón hasta su casa en la calle Daoíz.
Lo cierto es que estoy confundido. Hoy mamá ha terminado de embrollarlo todo aún más. Me ha reconocido con la voz ronca que el abuelo está en el cielo, que está muerto. Y que la abuela no lo recuerda porque está enferma de la cabeza. Cuando se lo he contado a mi tío el escapista me ha dicho que es verdad, que darte el paseo es que te matan, y que la abuela quería y quiere tanto al abuelo que lo único que hace es esperar a morirse también para reunirse con él. Según mi tío no está perdiendo la cabeza, sólo está amargada de la vida y espera a que su marido venga a recogerla, lo demás le da igual.
¡Está tonta mi abuela! No hay un solo día que no pida por él. Hoy ha llegado a preguntar dónde estaba siete veces en una hora. Es su récord, llevo una porra con mis amigos. Que dónde está. Que cuánto tarda en venir a buscarla... Mamá siempre trata de calmarla con la excusa del viaje. Sigue de viaje, ¿no te acuerdas, mamá?, repite cada vez. E insiste como quien educa a un loro en que no se preocupe, que piense en otra cosa. Al final, cansada de repetir lo mismo porque la enfermedad de mi abuela va borrando su memoria con la misma facilidad que mi goma borra mis errores de caligrafía, termina dándole algo de comer, normalmente caramelos, y así la tiene distraída un rato. Mi mamá tiene la extraña teoría de que la cabeza no funciona si se están moviendo las mandíbulas, tanto para comer como para opinar, que es algo que yo no termino de entender, porque si estás diciendo algo... Así consigue que se calle un rato. Pero claro, los suculentos sobornos no duran lo bastante, hay mucha escasez, y comienza otra vez a preguntar por mi abuelo, con más energía, como ha comido. Todos los días la misma función. Ya ha engordado varios kilos cuando el resto de la familia y de los segovianos adelgazamos cada vez más por culpa de los racionamientos. El médico está preocupado por su azúcar y la regaña, pero la abuela le sonríe, como es tan dulce. Mi mamá, en cambio, está preocupada. No porque esté engordando, sino porque teme que el médico nos denuncie por ocultar comida.
El raro momento del día, o a veces de la semana, en el que se iluminan sus ojos como luciérnagas es cuando cree recordar dónde está el único ser de esta España gris que le roba el pensamiento.
-Estará todavía en el campo –asegura de repente, respondiéndose a sí misma-. Siempre trabajando tu padre. Algún día se pondrá malo y ya verá... Ya ha caído la noche, ¿no? No me gusta que ande por ahí tan tarde. Hay vecinos que se la tienen jurada.
¡Ya está otra vez! Vuelta a descojonarse de mí. No me tiene ni una pizca de respeto.
-¡Hola, abuela! Pero de qué te ríes. ¿Quieres jugar conmigo o no?
Nada. Por lo menos tiene una bonita sonrisa. Aunque cuando se niega a ponerse la dentadura me recuerda al Popeye de la revista Jaimito. Aún me duele la torta que me dio mamá cuando se me ocurrió poner un lápiz en su boca como si fuera una pipa y dejárselo puesto durante dos horas, hasta que lo descubrió. No me cruzó la cara porque se hubiera quejado la abuela. Nada de eso. Ella ni siquiera había soltado un solo lamento o reniego. Yo creo que necesitó pegarme con tanta rabia porque sabía que no podía pegarla a ella por estar así, como un mueble sin vida, por dejarse hacer trastadas sin importarle nada, por hacerla sentir tan impotente.
Vaya, ahora va y se me duerme… Parece tan poca cosa, se me encoge por momentos. ¿Y por qué no lee o cose? Antes lo hacía mucho. Lo de coser digo. Leer creo que no sabe. Todavía sigo esperando el jersey recio que me prometió, que aquí en Segovia cuando hace frío hace de verdad. Todos mis hermanos ya tienen el suyo. Pero no hay manera. Siempre ahí, esperando al abuelo José, mano sobre mano. ¡Pero si no viene nunca!... Vaya, la he despertado.
-Lo siento, abuela. Ha sido un pedo... No huele, tranquila.
Ya está. Otra vez mirando la puertecita.
-Que no hay nadie, abuela. No vendrá ya hoy. Duerme tranquila que si viene yo te aviso. Yo vigilo.
Se le han iluminado los ojos de repente. Seguro que ahora dice lo del campo. ¿Está llorando? Nunca antes…
-¡José! Por fin. ¿Ya nos vamos?
Bueno, por lo menos esa frase es nueva. Me encanta cuando sonríe así. Lo que daría por conocer su secreto. Otra vez se ha dormido de golpe. Yo creo que es un don.
-¡Abuela, despierta! Que te estás torciendo y te vas a caer de la mecedora... ¡Abuela que te caes! ¡Mamá! ¡Mamá, ven, corre!
Hola, gente, os pongo el primer capítulo para que le echéis un vistazo.
1
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—Ya no quiere que pongas más la vela en la ventana —dijo el niño de repente mirando hacia la ventana del despacho de su tutora.
La tutora, sentada tras su escritorio cubierto de montones de carpetas y hojas sueltas, secó su gesto en la cara como si hubiera sentido una bofetada invisible en una mejilla. Bajó las cejas para endurecer su mirada y exigió una callada explicación a la madre de su alumno, que estaba sentada en una silla frente al escritorio, tan perpleja como ella por el inesperado comentario. Al no recibir una contestación, dejó de mirar a Sara y bajó la vista para mirar al niño que estaba sentado junto a su madre en una silla demasiado alta. Sara, la madre de David, al ver el destello agresivo que se había apoderado sin más de los ojos de la tutora, tensó su espalda como si se sintiera amenazada. Obedeciendo a su instinto maternal, estiró protectora su mano izquierda para agarrar la mano de su hijo pequeño.
—¿Qué has dicho, David? —preguntó la tutora mientras intentaba recuperar la compostura fingiendo una sonrisa.
David, que apenas lograba tocar con sus zapatillas blancas el suelo embaldosado, siguió sentado un poco encorvado, como si no se hubiera percatado de que había interrumpido la conversación y hubiera impuesto en su lugar un tenso silencio.
—La vela que siempre enciende en la ventana ya no es necesaria —contestó con prudencia, y sintió que su madre le apretaba la mano con fuerza.
La tutora miró por inercia hacia su derecha, buscando la única ventana de su pequeño despacho, sin poder creer que se refiriera a su vela. Ella sabía que allí no tenía ninguna. Al mirar también, Sara entendió qué era lo que había encontrado de diferente en el despacho cuando habían entrado apenas diez minutos antes. Era la intensa luz que entraba por la dichosa ventana, que esta vez estaba con la persiana bien levantada. En sus anteriores reuniones siempre se había sentido intranquila por la escasa luminosidad del despacho. Una inquietante penumbra lograda con intención por la tutora, que siempre tenía la persiana medio bajada para difuminar así sus tristes rasgos entre la sombra y los tonos oscuros perpetuos de su ropa. La poca luz y las bajas paredes recargadas de estanterías repletas de libros daban al despacho un aire de ahogo continuo.
—¿A qué vela te refieres? —preguntó la tutora.
—No hay ninguna vela, David —dijo su madre preocupada por la extrema tensión que esgrimía la mujer.
David se irguió sobre su silla y encaró a su tutora con decisión.
—A la vela que enciende todas las noches en su habitación para Paula —dijo mirándola firme. Debía entenderlo.
La tutora se quedó descolocada, y se echó hacia atrás en su sillón como si la hubieran empujado.
—¿Cómo puedes saber eso? ¿Quién te lo ha dicho? ¡Nadie lo sabe! —gritó alzándose de repente sobre la mesa para apuntar a David con un amenazador índice.
David dio un respingo en la silla ante la excesiva reacción y Sara se puso de pie sin soltarlo de la mano. La silla de Sara se cayó al suelo. El ruido del impacto pareció detonar toda la escena. La tensión, explotó. Gestos y palabras se precipitaron. David bajó de un corto salto de su silla. Su madre no lo soltaba de la mano. David insistió.
—Paula se va, ya no puede quedarse más, quiere que se digan adiós y que sea usted muy feliz —dijo alzando la voz, con la barbilla apuntando hacia su tutora.
—¡Fuera de aquí! ¡Lléveselo de aquí! ¿Cómo se puede ser tan cruel? —gritó furiosa la tutora señalando la puerta.
—¡No le hable así a mi hijo! ¿Está loca? —gritó Sara mientras arrastraba a David hacia la salida—. ¿Pero quién es esa Paula? —preguntó a David, que parecía recibir las palabras de su tutora como si fueran cuchilladas.
Cuando ya habían alcanzado la puerta del despacho, la tutora sintió de repente que la rabia la abandonaba, como si la mano de un ser querido se hubiera posado en su hombro para calmarla. Notó los brazos muy pesados, y sintió la urgente necesidad de sentarse. Sus piernas se negaban a sostenerla. Después pegó la barbilla a su pecho y se tapó los ojos con la mano derecha. La luz del sol, que a primera hora de esa mañana por primera vez en mucho tiempo había recibido con una animada sonrisa, volvía a hacerle daño.
—Paula era mi hija mayor —dijo la tutora casi en un susurro—. Murió hace dos años y tres días en un accidente de coche.
Sara sintió un repentino ahogo, y estiró con fuerza el brazo de David para atraerlo hacia ella. En un momento de pánico sintió una injustificable angustia, como si su hijo pequeño hubiera muerto súbitamente atrapado entre los hierros de su coche, sin que ella pudiera hacer nada por salvarlo. Bajó la cabeza buscando la vitalidad de David, como para asegurarse de que seguía con ella, y vio asombrada que su hijo miraba de una forma extraña a la tutora. Aunque, más bien, parecía que mirara a un espacio vacío a su lado derecho, junto a la ventana iluminada por un radiante sol de mediodía no pronosticado. David sonrió con ternura, olvidada por completa la tensión anterior, y, con su mano libre, se despidió de la nada. Sara miró sin ver. Ella tampoco era capaz de ver a Paula. Cuando ésta se fue, la tutora se echó a llorar como nunca había hecho en realidad por su hija. Nunca había podido llorar por su ausencia. Por su injusta muerte sí, y mucho. Pero no por el vacío que dejaba. Nunca por sentir que su hija ya no estaba con ella. Ahora, esa reconfortante sensación que siempre le había ayudado a superar sus crisis de añoranza, desaparecía arrastrada por sus lágrimas, dejando atrás un vacío diferente, el vacío que se llena de nostalgia pero que ya nunca más ahoga.
David tiró con delicadeza de su madre para salir al pasillo y dejar así a su tutora despedirse de su hija. Sara cogió los abrigos del colgador y cerró la recia puerta del despacho con cuidado para no hacer ruido. Aún perpleja por lo que había ocurrido, observó su reflejo en las puertas acristaladas de una vitrina repleta de fotos enmarcadas de antiguos alumnos, y se imaginó su vida sin alguno de sus hijos. David, a su lado, aún con su mano sudada agarrada por su madre, no tardó en notar que la presión se deshacía con cada respiración que su madre lograba apaciguar. A pesar de sus recién cumplidos ocho años, ya iba conociendo las reacciones emocionales de su madre y por eso permaneció callado y quieto mientras se tranquilizaba, como aquellos niños paralizados por siempre en las desdibujadas fotografías que lo miraban desde el pasado.
En el edificio reinaba un silencio inusual. El colegio público Pío XII hacía una hora que había oído por sus pasillos los pasos nerviosos del último niño que corría hacia la salida, para comenzar sin más tardanza las fiestas navideñas. Sara soltó la mano de su hijo, y sin mirarlo, comenzó a andar hacia el hueco de las escaleras con grandes zancadas. David procuró seguir su paso decidido sin hacer ruido, sin intención de molestarla, sabiendo que estaba enfadada por haberla hecho pasar por aquella incómoda situación. Cada pocos metros, la espalda tensa de su madre se alejaba demasiado y se veía obligado a correr tras los reflejos rubios de su melena. Tras bajar las escaleras, Sara se detuvo y le ofreció la mano con impaciencia.
—Date prisa, tu abuelo hace media hora que nos está esperando para ir al hospital —dijo Sara enfilando el pasillo hacia la salida—. Ya hablaremos de esto más tarde, que me tienes contenta.
El sol frío de una Huesca invernal les recibió en la calle. Sin detenerse, Sara le puso el abrigo a David y luego se ajustó el suyo. Los últimos metros hasta el coche los hicieron corriendo. Se subieron sin quitarse los abrigos. El abuelo se iba a enfadar seguro.
Era la segunda vez en los escasos tres meses que llevaban de curso que Sara se veía obligada a dar la cara por su hijo. David era especial, eso Sara lo sabía muy bien, y no era orgullo de madre. Desde que comenzó su vida escolar los conflictos con los otros niños y con el profesorado se habían ido sucediendo sin descanso año tras año. No había forma humana de conseguir que permaneciera quieto en su silla. Sus grandes ojos marrones se perdían enseguida tras el vuelo fugaz de algún gorrión que pasara por delante de la ventana, o se quedaba abstraído mirando el bonito color de la aura energética de una de sus compañeras de clase. La aura de Lucía. La niña de sus ojos. Casi nada parecía interesarle de la escuela. Ni mucho menos la disciplina. No le importaba que la profesora estuviera hablándoles, él se levantaba sin más de su silla y se acercaba al pupitre de algún compañero para cogerle algo que hubiera atraído su atención. Eso era lo que había ocurrido dos días antes, y el motivo de la reunión con la tutora.
Aquella mañana, un niño mofletudo trajo muy orgulloso a la clase un estuche metalizado, decorado con estrellas y planetas. El chico gozó al mostrarlo sin descanso a todos los compañeros que lo miraban maravillados ante tanto colorido. Uno le preguntó con sincera curiosidad qué planetas representaban esos dibujos. El niño, hinchado de protagonismo, levantó el estuche y lo paseó ante los ojos de los demás señalando un planeta. Lo identificó con total seguridad como la Tierra. A nadie le extrañó que fuera rojo. Sólo David se atrevió a quitarle el estuche de las rollizas manos para mirarlo bien y corrigió a su dueño sin ninguna malicia. No era para nada la Tierra sino Marte. El niño, ofendido, coloreó sus mofletes de ira y le arrancó el estuche de las manos antes de que David pudiera terminar de identificar los demás planetas. David no dijo nada. No le molestó. Él sabía que no era suyo y que su compañero iba a utilizarlo enseguida porque la clase iba a comenzar. La maestra entró en ese momento en el aula cargada de carpetas y todos se sentaron al oír la orden.
Al poco rato, David lanzó una mirada a Paco, el niño mofletudo, para ver si estaba usando el estuche de estrellas. Al ver que lo tenía cerrado sobre la mesa y no lo usaba, se levantó sin más y se acercó andando tranquilamente entre los pupitres hasta él. Cogió el estuche sin decir palabra y se volvió a sentar antes de que Paco pudiera hacer nada.
Paco interrumpió la clase y llamó la atención de la maestra a gritos, exigiendo la devolución inmediata de su posesión. La maestra dejó molesta la tiza en la pizarra y se acercó hasta David para pedirle que se lo diera. David estaba ensimismado viendo los dibujos. Ni siquiera se había percatado de la presencia amenazadora de la profesora, que permanecía con su delgada mano abierta, extendida frente a su pupitre. Su mente ya no estaba en aquella clase, sino volando y reconociendo con la vista de su memoria los planetas y las estrellas. Las conocía a todas, había estado en todos. No había ya niños con él, ni pupitres, ni paredes, sólo el universo plagado de luces. Molesta por la desobediencia, la maestra arrancó de un tirón el estuche de las manos de David y su conciencia regresó con brusquedad a su pequeño cuerpo. Dio un respingo en su silla y miró con los ojos muy abiertos a la profesora, que se había materializado de repente frente a él. Sus compañeros lo rodeaban también riéndose a su costa. Desorientado, buscó una cara amiga, buscó a Lucía. Pero no la encontró, porque ella seguía sentada en su silla tras el muro de sonrisas burlonas, ajena en su secreta tristeza a lo que ocurría.
La profesora lo castigo a ponerse de pie en una esquina de la clase. David recuperó enseguida su genio, y exigió una explicación por ese castigo. Él no había hecho nada malo. Descolocada por el descaro, la profesora no se molestó en justificarse demasiado. El estuche no era suyo y no debía tocarlo. ¡A la esquina!, volvió a gritarle. David sintió entonces la oleada de rabia y frustración que cada vez con más frecuencia experimentaba y que no entendía. La notó como una energía viva que le comenzaba en la planta de los pies y que le iba subiendo por las piernas, deteniéndose por un segundo en el abdomen, el corazón, la garganta y el cerebro. Al llegar a la cabeza, no supo retenerla ni digerirla, y explotó materializada en un manotazo que lanzó al suelo todos los utensilios escolares que había sobre su pupitre. Enrojecido por un nervioso temblor se levantó tirando su silla, y entre empujones llegó hasta la pizarra y se puso de pie frente a la esquina. Toda la clase se quedó sorprendida ante la desmedida reacción. Algunos, cuando lo contaran más tarde en sus casas, incluso asegurarían haber temido que les hubiera hecho daño. Pero David no era así, jamás haría daño a otro ser vivo. Si hubieran podido ver su rostro, que permanecía oculto mientras apoyaba la frente contra la blanca pared, hubieran visto cómo lloraba. No de rabia, sino de soledad. No entendía qué había hecho mal. A él le gustaba compartir todas sus cosas si no las estaba utilizando en ese instante. En su forma de ser no cabían los conceptos excluyentes como egoísmo o posesión prohibida. Y, si no existían para él, ¿por qué para los demás sí?
El abuelo José se acercó el reloj de pulsera a la cara y limpió con su seco pulgar el cristal ya muy oscurecido por el uso. La correa de cuero marrón había perdido toda su lucidez y un amenazador desgarro advertía ya de su inevitable final. Forzó la cansada vista y reclinó la cabeza un poco hacia atrás para mirar con los párpados medio cerrados las borrosas manecillas. Nada. Tengo que reconocerlo, pensó José, ya no veo nada bien de cerca. Resignado, cogió las gafas de pasta que tenía colgadas del cuello y se las colocó sobre la ancha nariz. Torció la boca desesperado al comprobar que su hija Sara ya llegaba con mucho retraso para recogerle. Molesto, dio una fuerte palmada en el brazo del sofá de tela blanca. Si tardaban más se les pasaría el horario de visitas en el hospital.
El abuelo José esperaba a solas sentado en su lado del sofá, al lado del sillón orejero de cuadros pardos donde siempre se sentaba su mujer. Sobre sus piernas reposaba abierto un antiguo álbum de fotos. En una de las desdibujadas fotos, de un precario blanco y negro, se podía identificar a una niña y un niño de unos siete años cada uno, bajo la sombra de un platanero de ancho tronco que los enmarcaba. Estaban cogidos de la mano, mirando divertidos a la cámara, con los ojos medio cerrados por el deslumbrante sol que les daba de frente. La niña, en su mano libre, agarraba con dos dedos cuidadosos una margarita con un solo pétalo. El abuelo José sonrió tras verla, se quitó las gafas y las dejó caer sobre el recio jersey de lana. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Su memoria, a veces terca en recordar cosas recientes, viajó sin problemas a aquel día de verano en su pueblo natal, en Monzón. Ese año el verano había llegado sin avisar y con revancha a toda la provincia de Huesca. Los niños paliaban el calor jugando siempre en la compañía del río Sosa que cruzaba el pueblo de punta a punta. José y Encarna se divertían persiguiéndose sin descanso por las huertas al abrigo de la mirada atenta de la madre de José, que tomaba la sombra bajo uno de los grandes plataneros que rodeaban el precario hospital alzado cerca del manso río. La foto había sido hecha por el padre de Encarna, el cabeza de unas de las familias más ricas de Monzón.
Sara enfiló su calle de casas unifamiliares de reciente construcción y aparcó el todoterreno sobre la acera, en la entrada de su casa. Antes de bajar tocó el claxon varias veces para avisar a su padre. Éste se había quedado dormido bajo los arrumacos del pasado. A sus 79 años le costaba mantener los ojos abiertos durante mucho tiempo. El claxon le sobresaltó y, desorientado, retornó su atención al álbum de fotos, que se le había cerrado entre las piernas. Al pasar una página encontró, marchita y chafada, la margarita de un solo pétalo que regaló a su mujer cuando eran niños. Acarició la flor sin poder evitar un temblor cargado a la vez de vejez y nostalgia, y después cerró el álbum. En ese momento, Sara abrió apresurada la puerta principal, con tal fuerza que chocó contra la pared. Llamó a su padre a gritos y entró directa en la sala de estar. El taconeo ansioso resonó sobre el parquet. El abuelo dejó el álbum a su lado y comenzó a levantarse con dificultad, empujado por la urgencia que arrastraba su hija, sin la ayuda de unas fuerzas que ya no le acompañaban desde hacía un año, desde que enfermó su mujer. Del esfuerzo, José perdió un sonoro pedo. Pero ni se detuvo ni hizo mención de haberse dado cuenta. Sara disimuló con paciencia que no había oído nada.
—¡Papá, venga, no vamos a llegar! ¡Las horas de visita ya han empezado!
—¡¿Crees que no lo sé?! —contestó el abuelo levantando la voz—. ¿Cómo habéis tardado tanto? Ya sabes cuánto necesita tu madre que la veamos todos los días.
Sara cerró por un instante los ojos y suspiró con tristeza. Alargó el brazo y detuvo a su padre, que ya se dirigía renegando entre dientes hacia la puerta principal sin ponerse ni el abrigo. Lo miró directa a los ojos, no había esperanza en los de Sara. En sus palabras, tampoco.
—Papá, ya sabes que mamá hace cuatro días que no dice nada. Ya no nos oye, ni siquiera puede abrir los ojos –le recordó negando pesadamente con la cabeza.
El abuelo se deshizo de un tirón de la mano de su hija, y retrocedió un paso como si estuviera ante una amenaza. Al retroceder sus piernas chocaron contra el sillón de su mujer y casi perdió el equilibrio.
—No vuelvas a decir eso de tu madre —advirtió muy serio, apuntando con un dedo al rostro de su hija mientras con la otra mano se apoyaba vacilante en el sillón orejero.
Sara se recriminó en silencio sus palabras. No tenía derecho a decir eso, aunque fuera cierto, porque sabía que la ineludible verdad hacía daño a su padre. No podía evitarlo, sentía la necesidad de conseguir que su padre compartiera con ella la desesperanza de una muerte segura. Sara se sentía vencida e inferior emocionalmente porque daba ya por perdida a su madre. Necesitaba debilitar la entereza de ese amor que pronosticaba siempre un final feliz en los ojos de su padre. Aunque sólo fuera por una vez, le gustaría que su padre zozobrara en un mar de lágrimas y fuera ella y sólo ella la que lo salvara con la entereza de un fuerte abrazo.
Le pidió perdón y, para olvidar el tema, lavó sus malos pensamientos dándole un beso sonoro en su apergaminada mejilla. Después se acercó a la mesa acristalada de la sala y cogió el abrigo de José, que reposaba sobre el respaldo de una de las sillas. A través de los ventanales pudo ver que David, desobediente, se había bajado del coche. Su cuerpo flojeó por un segundo al sentirse harta y sola. No hubo más tiempo, su padre desde el recibidor la apremió a gritos para que se fueran. Sara fue detrás de él con el abrigo en la mano y lo alcanzó en la puerta principal abierta. Tuvo que retenerlo con fuerza para obligarlo a que se pusiera el abrigo. Hacía un buen día a pesar del frío, pero su padre terminaba resfriándose siempre por cualquier soplo de viento. Mientras le sostenía el abrigo en el aire, Sara miró a los pies de su padre y vio que calzaba aún las zapatillas de ir por casa. Negó con la cabeza pero no le reprochó nada, no había tiempo. Con sus deseos anticipándose a sus lentos movimientos, José no atinó a colocar los brazos en las mangas y, tras varios intentos pareció desinflarse ante la mirada de su hija. Viéndose incapaz, le suplicó ayuda en silencio con los ojos apagados para poder ponerse el abrigo. Sara se quedó sobrecogida. Era como ver a otra persona. En un parpadeo, había dejado de ser el esposo abnegado sin una grieta de desánimo. De repente, esa máscara engañosa había caído y ofrecía ahora el rostro cansado de un anciano que iba restando ya sus últimos días en vez de sumarlos. Unos días extintos imaginados sin la luz confortable de los ojos de su mujer.
—¿Estás bien? ¿Estás preparado? —preguntó Sara, preocupada al verlo tan frágil.
—Nada podría impedirme que viera a tu madre hoy –contestó José irguiéndose, recolocándose la máscara de la tenacidad.
—Lo sé, papá. Lo sé —dijo Sara, y le pasó la mano por los hombros como queriendo limpiarlos de alguna pelusilla, pero encubriendo en realidad una caricia que rezaba admiración.
Sara lo cogió del brazo y cerró la puerta de la casa. Los dos bajaron despacio la corta escalinata hasta un breve camino empedrado que conducía a la verja. Sara, al mirar hacia atrás, se dio cuenta de que se habían dejado una luz encendida en el piso de arriba. Le dio igual. Alcanzaron la verja tras pasar a través del pequeño jardín arbolado. Vieron pasar a un vecino frente a la casa sin molestarse en saludarlos. José ya llevaba tiempo viviendo con su hija, pero aún no se había habituado a las frías reglas de convivencia de esa nueva zona residencial, cerca de la Ciudad Deportiva Municipal, en las afueras de la ciudad, con todas sus casas grandes, tan diferentes unas de otras, tan desproporcionadas e innecesarias. Un vecindario habitado según José por gente anónima y sin educación. Él seguía siendo un sencillo hombre de pueblo, donde un vecino era un amigo siempre dispuesto a echar una mano en lo que hiciera falta.
Sara abrió la puerta de barrotes de la verja y David les salió a su encuentro, harto de esperar con los brazos cruzados, apoyado en el todoterreno muy formal.
—¡Venga abuelo que no llegamos! —gritó impaciente, tan deseoso como José de ver a Encarna.
El abuelo José hizo un gesto lento de respuesta alzando la mano. Obediente, se mordió la lengua con esforzada expresión y movió los brazos hacia delante y hacia atrás, como si fuera un mal mimo simulando ser un corredor. No fue más deprisa, pero logró que su nieto se partiera de risa. Sara mandó subir al coche a David y lo regañó por no haber obedecido la orden de esperarla dentro del coche. Estaba consiguiendo amargarle el día.
Desde el final de la calle, llegó corriendo Andrés, el hermano mayor de David. A pesar de sus 21 años, llegaba resoplando y sudando por el esfuerzo. Tenía coloreadas las grandes orejas y los carrillos. Al llegar junto al coche pidió perdón y se dispuso a subir. Su madre lo retuvo del brazo y se encaró con él. Era lo que le faltaba a aquella desastrosa mañana. Si no hubieran llegado con retraso del colegio, Andrés no hubiera llegado a tiempo para ir al hospital. Sara se vio desbordada por el estrés y la pagó con su hijo mayor. A falta de su marido, siempre causante de algún desaire, se desahogó con Andrés, que cada día que pasaba era más disidente con su autoridad legítima de madre.
—Casi no llegas. ¡¿Dónde estuviste hasta las dos de la mañana?! ¡Con esa chica! ¡¿No?! —le reprendió Sara dando rienda suelta a su enfado.
Andrés no quiso contestar y se deshizo de un brusco tirón del agarre de su madre. No quería volver a discutir sobre lo mismo. Estaba harto de que discutir fuera la única manera de comunicarse con su madre desde que había empezado a salir con Isabel. Andrés subió al coche apantanando su rabia en una madurez que cada vez más dominaba su personalidad, y se sentó junto a su hermano pequeño tras apartar un coche de bomberos de plástico olvidado sobre el asiento. El abuelo intentó mediar, más preocupado en no perder más tiempo que en recortar asperezas, pero su hija, insatisfecha, con las palabras envenenadas amontonadas en la boca, no quería saber nada de buenas maneras.
—Venga papá, monta delante conmigo —dijo Sara, sintiendo enseguida la necesidad de disimular el sabor amargo que le había dejado su indignación al tragársela.
Sara buscó ansiosa dentro de su bolso rojo un paquete de cigarrillos y se puso uno en su gruesos labios con un rápido movimiento de sus largos dedos. Buscó sin suerte su encendedor. Su bolso era un caos de cosas inútiles. Sara dio una patada al suelo y tensó el cuello desesperada, necesitaba fumar. ¿Dónde podía? ¡El encendedor del coche!, pensó aliviada. Con desazonada urgencia abrió su puerta, mientras el abuelo daba la vuelta al coche sin mirar si venía algún vehículo. De repente, un coche pasó arrastrando un largo pitido a medio metro de José. El abuelo ni se inmutó. Dentro del coche, David sacó su inquieta cabeza entre los dos asientos delanteros y apoyó los brazos en los respaldos. Miraba expectante a su madre, esperando el momento adecuado para hablarle. Sara se sentó frente al volante y le pidió a su padre que hiciera el favor de darse prisa si no quería que algún coche se lo llevara por delante y les diera un disgusto. Después, con el cigarrillo temblando en sus labios, activó el encendedor del coche con un golpe seco de su palma.
—¡Mamá! ¡Quiero ir al lado del abuelo! ¡Mamá! —pidió David gritando a pleno pulmón en su oído.
Sara aparentó no haber escuchado nada, esperando que su hijo se olvidara de ella, y estiró el cuerpo para alcanzar la puerta del copiloto y abrírsela a su padre. David insistió y le estiró del cuello del abrigo para asegurarse su atención.
—¡Qué! —gritó irritada Sara después de coger con la mano el pitillo.
—Déjame ir junto al abuelo. ¡Va! —suplicó David con la boca torcida en una practicada mueca de pena.
Sara inspiró rogando paciencia, y, en ese momento, el encendedor saltó listo para ser usado con un ruido sordo. Al oírlo, lo buscó echando la cabeza hacia delante para cogerlo, sin poder esperar a acercárselo a la boca, y se encendió el cigarrillo. Dio una gran calada. Ahora sí, mucho mejor, pensó, y dio un silencioso agradecimiento mientras se acomodaba en su respaldo. David volvió a agitarla. Sara, más calmada, envuelta en una nube de humo, accedió a que se sentara con su abuelo. De un rápido vistazo, comprobó en el reloj digital del salpicadero la tardanza que ya arrastraban. Se volvió a estirar para alcanzar la puerta del copiloto. El abuelo, medio sentado ya, sintió de repente una mano que lo empujaba hacia fuera por el culo. Irritado, con la cabeza fuera del coche, pidió explicaciones a gritos amortiguados mientras hacía fuerza con el trasero. Sara, sin un mínimo tono de disculpa, le pidió a gritos a su padre que se sentara atrás con su nieto pequeño. Desde la calle, José pegó un precario bote para girarse y metió la cabeza por la puerta del copiloto.
—¡Que no vamos a llegar! —advirtió con cierto tono de amenaza. A pesar del frío, una gota de sudor resbaló sin dificultad desde lo alto de su frente despejada, que ya se unía sin interrupción con la coronilla. El brillo del sol hizo que los pelos canosos que le quedaban desaparecieran en un suspiro plateado.
Haciéndose la sorda, Sara bajó su ventanilla para disipar el humo de su cigarro y se acordó de su indisciplinado hijo mayor.
—Andrés, cámbiale el sitio a tu abuelo de una vez —ordenó mirándolo por el espejo retrovisor y descubriendo de repente las ojeras y el brillo licuado de sus ojos repletos de venillas rojas.
—¡Está bien! —contestó Andrés, y salió del coche, no sin antes pellizcar en un brazo a David—. ¡Qué pesado eres, coño!
José, que esperaba impaciente junto a la puerta, recriminó a su nieto por su vocabulario. Andrés sabía muy bien que a su abuelo le gustaba que se hablara con corrección. No era la primera vez que lo corregía, incluso lo hacía en público sin importarle la vergüenza que le hacía pasar. No era una manía casual. Desde que nació David, había tomado como una cruzada particular el conseguir que nadie le enseñara palabrotas a su nieto pequeño. El mundo ya se empeñará en enseñárselas de mayor, decía para reafirmar su posición tajante.
—Si coño no es una palabrota —dijo Andrés excusándose.
—No me repliques, leche —sentenció el abuelo José.
—¿Y eso no es una palabrota? —preguntó Andrés, sonriendo con sorna al creer que lo había atrapado en su propia trampa dialéctica.
—No si la digo yo —contestó el abuelo mientras cerraba de un portazo tras sentarse en la parte trasera.
—Ya, claro. No te jo... —dijo Andrés sin atreverse a terminar la palabra.
Sara gritó que se dieran prisa. Andrés se sentó junto a ella y fue recibido con una mirada glacial. Sara quiso saber por qué tenía los ojos rojos. Le preguntó entre dientes, para que el abuelo y su hijo pequeño no la oyeran, si había estado fumando porros. Andrés hizo un gesto despectivo con el brazo y torció la cara para mirar por la ventanilla y ocultar su cara. David, detrás, cogió la mano de su abuelo y se la apretó con fuerza. Él le sonrío con cariño, con una mirada algo perdida ya en otros pensamientos.
Sara arrancó el coche y se alejaron calle abajo, camino del hospital.
—¿Estás bien, papá? —preguntó preocupada al observarlo por el retrovisor.
El abuelo no contestó, no la había oído. Tras unos segundos, aprovechando que debía detenerse ante un paso de cebra, Sara echó por un instante la cabeza hacia atrás y observó a su padre que miraba por la ventanilla, ausente. Se dio cuenta de que David, apretado a el, la miraba algo preocupado por la actitud perdida del anciano. El niño sonrió inseguro. Sus grandes ojos le pedían parpadeantes una respuesta. Se les veía frágiles e inseguros a los dos, sentados juntos con los abrigos puestos. Sara compartía su preocupación, pero quiso trasmitirle normalidad a su hijo y le tranquilizó con un gesto cómplice de la mano, prometiéndole en silencio que todo estaba bien.
Pocos minutos después, alcanzaron sin problemas la avenida que conducía al Hospital General San Jorge, que estaba casi a las afueras de Huesca. Llegaron y aparcaron en el parking. Todos bajaron en desbandada, con el temor de llegar demasiado tarde y no poder visitar a la abuela Encarna. Sara ayudó a su padre a bajar, y David fue tras él. De inmediato, le cogió de nuevo la temblorosa y reseca mano.
—¿Estás bien, abuelo? —le preguntó preocupado, y un poco molesto por el poco caso que le estaba haciendo. Era raro en él.
—Claro, campeón. Vamos a ver a tu abuela. ¿Cómo no voy a estarlo?
Se dirigieron hacia las puertas automáticas de la entrada. Por el camino se cruzaron con muchos familiares que ya abandonaban el hospital. El abuelo apretó el paso y todos se adecuaron a su ritmo. Al entrar en el edificio vieron que Carlos, el marido de Sara, se acercaba desde los ascensores. Carlos, de unos increíbles 52 años, iba con una bata blanca sobre su ropa de calle. Esa mañana había elegido el traje gris y la corbata de rayas oblicuas que lo hacía más delgado. Se acercó al grupo firmando una solicitud de ingreso que le sostenía una enfermera.
—Que la ingresen en nuestro servicio de psiquiatría que la visitaré mañana —le ordenó Carlos a la joven enfermera, y se acarició de forma instintiva su poblada y morena barba. No es que le molestara, es que quería destacar que no tenía ninguna cana. El día anterior se había teñido el pelo. Carlos había cogido esa costumbre desde que cumplió los cincuenta. La costumbre de tontear con mujeres más jóvenes le venía de mucho antes.
La joven enfermera, que lo miraba desde una cabeza por debajo de la de Carlos, asintió obediente. Al coger el bolígrafo de la mano del psiquiatra se la acarició y se miraron fijamente. Sara, a pesar de la distancia, se dio cuenta. Conocía muy bien las expresiones corporales de las mujeres, y todavía más, las de su marido. Repasó a la joven enfermera de un rápido vistazo sin necesitar detenerse para reconocer mejor los clásicos rasgos. Era el tipo de mujer de Carlos; guapa y rubia. Siempre mujeres algo más pequeñas que él, para poder mirarlas con un aire dominante desde su largo cuerpo. Todas iguales físicamente a Sara, pero con veinte o treinta años menos. Sara fingió no darse cuenta y no dijo nada. Estaba acostumbrada. Pero eso no quería decir que no le doliera.
Carlos aparentó que los había visto por primera vez y señaló su reloj para resaltar su tardanza. Cuando todos se juntaron, quiso darle un rápido beso en los labios a Sara para mitigar enseguida su culpa por la traicionera caricia. Pero ésta apartó un poco la cara y terminó el movimiento dándole un casto beso en la mejilla que sonó estridente y descolocado. Carlos, incómodo ante esa reacción que todos habían visto, intentó desviar la atención y ordenó enseguida a su hijo mayor que se quedara con David. Éste contestó por su hermano con un sonoro vale.
Antes de que se marcharan, David tiró de la mano de su abuelo y lo obligó a agacharse.
—Dale un beso a la yaya de esos muy largos por mí —le susurró, como si fuera un secreto.
—Eso está hecho. Siempre pregunta por ti –contestó el abuelo con un guiño.
Satisfecho, David desvió su atención hacia otra cosa y salió corriendo en busca de su hermano, que se había acercado al quiosco de la entrada y miraba con atención unas revistas de coches. Sus padres y su abuelo se dirigieron hacia los tres ascensores. Carlos pulsó el botón del más cercano tras saludar a la agente de seguridad, y esperaron a que llegara el ascensor sin decir palabra. Carlos notó incómodo el silencio tenso de Sara, y la iba mirando de reojo buscando un descuido de su seriedad para preguntarle el porqué. El abuelo, ajeno a todo lo que le rodeaba, sólo pensaba en una cosa, en poder abrazar y besar a su esposa. Las puertas dobles del ascensor se abrieron con un metálico timbrazo. Dejaron salir del ascensor a un joven técnico con un aparato de rayos x portátil que se dirigía hacia la zona de urgencias. Sara agarró del brazo a su padre y entraron en el ascensor. Carlos intentó situarse junto a su esposa para poder entre susurros sonsacarle alguna palabra. Pero Sara fue más rápida y astuta y colocó a su padre entre los dos. No quería saber nada. Carlos pulsó el botón de la planta tercera y las puertas se cerraron. El abuelo, ignorando haber sido convertido en un rendido parapeto humano, miraba ansioso los números luminosos de las plantas, que pasaban más lentos que nunca sobre su cabeza.
Al llegar a la planta se abrió el ascensor y salieron a un descansillo. Se acercaron a la entrada de oncología. Sara arrugó la nariz al percibir el olor a desinfectante, disimulado con la fragancia mortecina de los numerosos ramos de flores que anidaban junto a las camas de los enfermos. Ni el abuelo José ni Carlos lo notaban ya, pero bajo el tufillo a limpio industrial de los suelos embaldosados Sara distinguía otro olor, uno que le debilitaba las piernas y que le mandaba a gritos que se fuera corriendo de ese lugar, un olor a camposanto. Frente a la entrada había un mostrador semicircular, con una enfermera joven escribiendo en un historial, junto a la única planta con tierra del lugar, la única que duraba allí tanto como sus dueñas. Otra enfermera más mayor y más rolliza estaba a su lado, llamando por un teléfono interior. Un recio celador se cruzó con ellos en el pasillo, empujando una silla de ruedas donde iba sentado un anciano terminal, muy escorado hacia la derecha, encogido en un nudo mal acabado de huesos.
La abuela Encarna hacía tiempo que estaba ingresada y todos los que trabajaban en ese turno de mañanas conocían perfectamente a su familia, y habían cogido especial cariño al abuelo, que blandía siempre una natural y educada simpatía con todo el mundo. Gracias a ello, a su mujer la cuidaban con un interés más abnegado. Encarna había batido el triste record de permanencia con vida. Nadie lograba explicárselo.
—¡Buenos días! —saludó jovial Sara, olvidando por un momento su ataque de celos respecto a Carlos y el pánico que siempre le vencía al visitar a su madre.
La enfermera joven miró el reloj de propaganda de una compañía farmacéutica que colgaba de la pared y les recordó con fastidio que llegaban tarde. Tendrían que esperar fuera a que la larga ronda de médicos acabara para poder pasar. El abuelo pareció achicarse sin remedio al oírla. La miró incrédulo con sus ojos pequeños, fijos y acuosos, estaba como paralizado frente al mostrador. La enfermera sintió enseguida haber dado la orden con tanta rudeza. La vergüenza le desmanteló el carácter tenso que esa mañana le dominaba y sintió verdadera envidia de Encarna. A ella, con apenas veinticinco años, jamás la habían querido con tanta desesperación, ni creía ya que lo hicieran. Mientras pensaba en su estancada vida, la joven enfermera jugó con su anillo de casada haciéndolo girar sobre el dedo. No había ningún cerco de piel descolorida bajo el anillo. Al fin, meneó la cabeza sonriendo, y con un gesto atrevido de asentimiento les dijo que podían pasar diez minutos, antes de que la ronda de los médicos llegara.
Sara se disculpó agradecida señalando al abuelo, como si con ello no necesitara más justificación. Le prometió que se irían enseguida. Mientras hablaban, José trotaba ya con torpeza por el pasillo sin esperar a nadie, directo a la habitación de su mujer. Se cruzó con la enfermera más veterana de la planta sin fijarse en ella. A la mujer le dolió un poco esa actitud huraña inusual del siempre atento anciano, porque siempre la obsequiaba con un saludo o una sonrisa. Pero no se lo tuvo en cuenta. Su larga experiencia le había enseñado a reconocer la lucha interior de los familiares cuando el final se acercaba y uno no termina de creerlo. Desde que la paciente había empeorado, la actitud de José se había vuelto arisca con todo el servicio médico, como si en parte los culpara por ello. Se le notaba más cansado, decaído, con su mirada barriendo el suelo en todo momento. Sara también lo había notado más triste esa mañana, pero había optado por no preguntarle y esperar un mejor instante para hablar con él.
El joven doctor Verdú, el residente de la planta, llegó desde el otro extremo del corredor, vestido con bata blanca sobre el pijama reglamentario verde y calzado con unos zuecos blancos muy usados. Al reconocer al grupo, se acercó y se encontraron frente a la puerta de la habitación de la abuela, que José, sin detenerse ni llamar, ya estaba abriendo para pasar adentro. El doctor Verdú retuvo con aire grave a Sara y a su marido en el umbral.
—Tenemos que hablar —dijo por lo bajo el doctor Verdú a Sara para que el abuelo no lo oyera.
Sara lo miró espantada. Presagió una mala noticia bajo la entrenada expresión serena del médico. Éste les invitó a entrar con un ademán de la mano. Todos pasaron en un silencio respetuoso al interior de la habitación, siguiendo la estela amorosa del abuelo. El doctor cerró con cuidado la puerta para tener más intimidad. El abuelo José fue directo a la única cama que había, donde su esposa estaba echada, con respiración asistida, tapada hasta el pecho con una manta de un blanco olvidado. Estaba tan delgada y frágil que su cuerpo apenas arrugaba la manta. Sus brazos estaban extendidos sobre la manta, enmarcando el cuerpo. La piel trasparentaba ya un interior vacío de vida y de recuerdos. Junto a ella se oía el acompasado pitido de la máquina. El sol, que entraba desvergonzado por la única ventana, iluminaba toda la cama.
José apretó su cara a la de ella para que supiera que su marido estaba allí. El pómulo agrandado de Encarna se blanqueó ante el contacto de la mejilla de José. Tardó mucho en recuperar un color macilento y amarillo. Su abnegado esposo se acercó a la fina línea de labios y le dio un reseco beso. Los labios ya no se movían ni palpitaban como antes aún hacían cuando la besaba. La abuela Encarna tenía los ojos cerrados, abultados bajo la fina piel de los párpados. El abuelo se giró buscando una silla y se sentó a su lado, muy cerca. La cogió de la mano y la sonrió con cariño. Le notó los dedos fríos a pesar de la calefacción. Quiso calentárselos y se los acercó para poder soplarles su cálido aliento. En ningún momento aquel cuerpo con un mínimo suspiro de vida dio señales de saber que había alguien con él.
El doctor, Sara y Carlos se apartaron un poco para dejarle intimidad a la pareja y hablaron entre susurros en un rincón.
—¿Ocurre algo? —le preguntó preocupada Sara al doctor.
—Por la noche ha tenido una recaída importante, casi la perdemos —contestó el doctor con serenidad, pero resaltando con su mirada fija el importante pronóstico que había en sus palabras.
Sara reaccionó al susto inicial de una manera excesiva, desbordada por el miedo de perder a su madre y la duda sobre la fidelidad de su marido. Sin pensarlo, al oír al médico esas fatales noticias, alargó los brazos y lo cogió por las solapas. El doctor Verdú se repuso rápidamente del sobresalto y la tranquilizó diciéndole que se había recuperado bien. Con delicadeza se soltó de las manos de Sara y contuvo a su vez con un gesto negativo de la cabeza a Carlos, que intentaba avergonzado separar a su mujer de su colega. Sara se disculpó con un perdóname que le llegó a los labios sin fuerza. Posó su mano abierta sobre el pecho del doctor y le sonrió para indicarle que ya estaba controlada. Después se aproximó a la cama con el respetuoso andar de un feligrés para tocar los pies cubiertos de su madre. Sobre ellos, la abuela tenía extendido un ajado chal de fina lana verde, cosido a mano por ella misma en los tiempos felices de aquel Monzón, su pueblo natal, que aún no había conocido una guerra civil.
—Bien, bien —dijo palmeando los pies inertes, pero dándose ánimos en realidad a sí misma.
Sara regresó junto al doctor para poder seguir hablando. Carlos la miraba con una mezcla no compensada de preocupación y vergüenza por su comportamiento nada maduro ante un colega. Ella no se molestó en prestarle atención.
—Sara, le costó mucho recuperarse. Otra crisis... no la superaría. Ya sólo podemos vigilar y esperar. Deberíais prepararos —anunció el doctor Verdú, agarrándola dulcemente por los brazos caídos, temiendo otro descontrol.
Carlos preguntó el tiempo que le restaba a su suegra. Aceptaba sin dudar el trágico diagnóstico final.
—Todo el que ella quiera seguir —le contestó algo desconcertado el médico—. No sé. Algo parece atarla desesperadamente a la vida, a pesar del terrible dolor.
Los ojos de Sara comenzaron a brillar, humedecidos por unas lágrimas que hacía rato esperaban pacientes para brotar. Bajó la cabeza y la melena rubia le tapó los ojos. Miró después a su padre agarrando la mano de su madre, mirándola sonriente, lleno de amor y resignada esperanza.
—Es por él. Se juraron que no se separarían jamás —les confesó Sara con un hilo roto de voz—. Lo está esperando.
El abuelo José miró en ese instante hacia la ventana; la luz del sol quedó oculta momentáneamente por una nube, oscureciendo el rostro de Encarna. Los pliegues de su piel, que el sol mantenía hasta ahora cubiertos de un halo de eternidad e ingravidez, recuperaron toda su decrepitud. Un estornino se posó ruidosamente sobre la ventana. De repente, remontó el vuelo asustado, soltando algunas pequeñas plumas mientras la nube pasaba. La luz del sol regresó para seguir amortajando a Encarna. El abuelo, deslumbrado, se perdió por un instante en esa luz y su mente viajó a un tiempo pasado donde nada había de imposible para su amor. El recordar a Encarna joven y bella le daba fuerzas para seguir. Los recuerdos eran su único refugio. Sin ellos le sería imposible seguir viviendo, seguir sin Encarna. Las lágrimas blanquearon la sequedad de su piel, surcando las infinitas arrugas con gran dificultad, perdiéndose al fin en el abotonado cuello de su camisa. El abuelo sostenía aún la nudosa mano inerte de su mujer junto a su cara. Ese lívido contacto seguía llenándole de felicidad. Volvió a mirar a Encarna, seguía sin un triste parpadeo, y sonrió con cariño como si su mujer le hubiera dicho algo bonito. Sara se acercó a su padre desde atrás y apoyó su mano sobre su hombro. Le anunció que tenían que irse. El abuelo levantó su mano derecha y cogió la mano de su hija. La acercó al borde de la cama y juntó las manos de los tres.
—Saca mejor cara, ¿verdad? —afirmó mirando por un instante a Sara pero volviendo enseguida la atención hacia su mujer—. Es una luchadora —reconoció.
—Papá –dijo Sara apartando la mano por no sentirse digna de su contacto.
—No puede irse sin mí. Lucha por esperarme, lo logrará, lo prometimos —intentó explicarle a su hija.
—Lo sé, papá, pero hay promesas que no se pueden cumplir. No está en tu mano. Debes dejarla ir —pidió Sara preparando ya a su padre para la llegada de la muerte.
—No puedo vivir sin ella. La quiero con toda mi alma, hija mía —contestó el abuelo, y se acercó la mano nudosa de su mujer para besarla con fervor.
Carlos se acercó a su mujer. Le susurró al oído la urgencia de marcharse. Sara sintió un escalofrío de repulsa al notar el roce caliente del aliento de su marido sobre su mejilla. De aquella boca siempre llena de mentiras. Asintió con la cabeza, en silencio. El abuelo siguió mirando a su mujer sin hacer caso de la advertencia, reconociendo con los ojos de la memoria cada rasgo del rostro de Encarna, mezclándolos todos en un lienzo pintado de colores presentes y pasados. Susurró para sí una verdad que le oprimía la vida.
—Somos una sola alma.
—Vamos, papá. Vendremos mañana con más tiempo. Te lo prometo —dijo Sara, apretando con la mano el esquelético hombro de su padre.
Sara quiso despedirse, y se acercó a la cabecera de la cama para darle un beso a su madre en la frente. La marca del beso se quedó impresa en la reseca piel. Después salió al pasillo siguiendo los pasos de Carlos, que despedía al médico con un apretón de manos, y le dejó un instante más de intimidad a su padre. Éste se levantó sin soltarle la mano a su mujer y se despidió.
—Adiós, amor mío. Mañana vengo sin falta.
José le dio un beso en la mano y la depositó delicadamente sobre la cama. Le sonrió y se marchó hacia la puerta. Antes de cerrarla la miró una última vez. Encarna no cambió de expresión en ningún momento. Si se había percatado de la presencia de sus familiares nadie habría podido decirlo. De nuevo, con ella sola, se quedó implantado el silencio, sólo alterado por el ruido de la respiración asistida y el pitido de la máquina que controlaba sus latidos.
Esa misma noche, en el hospital San Jorge, en la planta de Encarna, reinaba una calma propia de cementerios. Hacía cinco minutos que la enfermera había hecho su ronda por las habitaciones. La ventana de la habitación de la abuela estaba con la persiana bajada y a ella la habían incorporado un poco levantando la cabecera de la cama. Seguía inmóvil, con el rostro en calma, inexpresivo. Desde el pasillo se oían los taconeos de los zuecos de alguna enfermera y en el interior el siempre presente pitido intermitente de las máquinas. La mano de Encarna, de repente, se contrajo y agarró con fuerza la manta. Encarna, como despertándose de una pesadilla, abrió los ojos con desesperación y miró frenética alrededor sin comprender por qué no podía mover la cabeza. Frente a ella apareció una figura luminosa. No tenía rasgos humanos, sólo la silueta de un cuerpo difuminado. No sabía qué era, pero no sintió que fuera una amenaza. Al contrario, la luz brillante desprendía una paz que parecía llegarle por oleadas. El susto inicial pasó rápido. Encarna no podía hablar pero en su mente pronunció una pregunta. Quiso saber quién era. Amplificándose en las paredes de su cráneo oyó una voz clara y rotunda, armoniosa, que le sonó conocida y que la invitó a estar tranquila. Había venido a buscarla, a acompañarla en el viaje. Era su guía, estaba allí para ayudar a su espíritu a cruzar al siguiente plano energético. Encarna se lo agradeció pensando que todavía le quedaban unos minutos para asimilar la noticia. Pero no los tenía. No te asustes, le dijo la luz. De repente, todo se precipitó, la alarma de la respiración asistida pitó con mayor ritmo, agobiante. Las pulsaciones bajaron con rapidez. Encarna se asustó, más por la sorpresa que por la certeza de la muerte ausente de dolor. No te asustes, volvió a oír. Las palabras resonaban en su cabeza, imponiéndose sobre el ruido de la máquina. Sintió que estiraba un brazo hacia la luz sin que su cuerpo se moviera un ápice. El guía aceptó su mano y levantó sin esfuerzo al espíritu de Encarna, separándolo de su cuerpo muerto.
El encefalograma se quedó plano, convertido en una línea roja continua. El pitido intermitente se volvió continuo. El espíritu de Encarna sostenido por su guía se elevó hasta rozar el techo. Y la obligó a esperarse unos segundos. Para poder seguir el viaje, Encarna debía observar y asegurarse por ella misma que su cuerpo había muerto y esa reencarnación había concluido. En ese mismo instante, el médico de guardia y varias enfermeras entraron corriendo en la habitación e intentaron reanimarla con frenéticas órdenes y coordinados movimientos. Ya no había dolor ni miedo, sólo paz. A Encarna no le extrañó lo que le ocurría, al contrario, le era familiar, sentía como si no hubiera sido la primera vez que pasara por ello. Justo cuando el médico dio por perdida a la paciente y apagaron las máquinas, el espíritu de Encarna desapareció sin que ningún miembro del equipo médico se percatara de su presencia. Nadie vio nada inusual.
En casa de Sara, a la misma hora que Encarna moría, todo estaba tranquilo. Hacía varias horas que todos dormían sin sospechar lo que estaba ocurriendo en el hospital. El abuelo dormía en su cama individual, pegada a la pared, con el edredón caído en el suelo y la manta y la sábana muy revueltas. Estaba inquieto, pataleaba bajo la sábana, sufriendo bajo el dominio de una pesadilla. Su mano nudosa se contrajo y agarró con fuerza la blanca sábana justo en el mismo instante en el que su mujer hacía lo mismo en la habitación del hospital. De alguna manera, unidos por ese amor eterno, estaba compartiendo la corta pero fulminante angustia que la muerte estaba creando en su mujer. Pero, apenas unos segundos después, pasó, y el abuelo sintió que le invadía una especie de oleada de paz que limpió de su mente el sufrimiento de la pesadilla. Ni siquiera se despertó, siguió durmiendo acomodado con placer en un sueño reparador.
En la habitación de enfrente, David despertó al sentir la presencia de su abuela. No se asustó. Se incorporó para sentarse y apoyó su espalda en la cabecera de su cama con forma de nave espacial. Sus ojos claros y grandes se acostumbraron enseguida a la poca luz artificial que llegaba desde la calle por la ventana con la persiana medio bajada. Al principio no pudo verla, pero sabía que estaba con él. Sentía, como una fuerza viva, el amor de su abuela hacia él.
—Te he echado de menos —dijo David a la oscuridad.
Una luz blanca brillante con una forma redondeada no específica se materializó junto a su ventana. El espíritu de la abuela Encarna estaba en la habitación. Se acercó a la cama mientras la luz fue tomando una ligera forma humana. David estaba tranquilo, no tenía miedo. Encarna le dijo que su guía le había llevado junto a un maestro espiritual, y que éste le había explicado entre muchas cosas lo especial que su nieto era. Ella, en vida, lo supo siempre. Pero se le había escapado la amplitud de la importancia de David en el mundo. La de él y la de otros niños como él que nacían cada vez en mayor número. La misión de David no era importante ahora, pero el espíritu de Encarna necesitaba uno de sus dones. Le pidió ayuda. Necesitaba despedirse del abuelo y él debía ser su mensajero.
El niño no hizo preguntas, bajó de un salto de la cama y se puso sus zapatillas de elefantes. Se acercó a su puerta rascándose la cabeza, con una pernera del pijama subida hasta la rodilla, y salió al pasillo. La penumbra y el silencio lo recibieron en el corredor, que permanecía vagamente iluminado gracias a una ventana situada al final del pasillo y que daba directa al jardín de la parte trasera de la casa. Sin hacer ruido ni encender la luz abrió la puerta de la habitación de su abuelo y entró. Cerró la puerta y encendió la luz. El abuelo se sobresaltó y se percató de la presencia de su nieto. José se sentó con torpeza restregándose las legañas y limpiándose la baba en las comisuras de la boca. Le preguntó con tono paciente qué le pasaba, si había tenido alguna pesadilla. El niño dudó, pues sabía muy bien cómo reaccionaba la gente cuando les hablaba de los seres de luz. José le invitó a acercarse con una sonrisa y un gesto, pero David no se movió. La pernera del pantalón de David se le cayó hasta el tobillo.
—La yaya ha muerto —dijo sin más.
El abuelo se puso tenso sin poder creer que esas palabras pudieran existir. Pero enseguida rechazó la idea y pensó que el niño había tenido una pesadilla. Quiso calmarlo y le ofreció los brazos para darle uno de esos achuchones fuertes que tanto le gustaban, mientras le aseguraba que la abuela estaba bien. David siguió sin moverse.
—Está aquí. Viene a despedirse. Tú no puedes verla ni oírla, pero yo sí. Quiere que olvides la promesa que os hicisteis de estar siempre juntos. Ella entiende ahora que eso no es posible. Pero que no estés triste pues le han dicho que os podéis volver a encontrar en otra vida —dijo David sin ni siquiera dudar, como si alguien hablara a través de sus labios.
El abuelo tensó su cara y la barbilla comenzó a temblarle sin control.
—¿Cómo te atreves a decir esas cosas? ¿Quién te ha dicho lo de nuestra promesa? —preguntó el abuelo aguantando a duras penas la ira—. ¿Por qué quieres hacerme daño? Con lo que yo te quiero. Vete de aquí porque si me levanto haré algo que jamás hubiera imaginado que pudiera desear hacer. ¡Márchate o te daré una bofetada!
David se puso rígido, se asustó de veras. Ni la mano invisible de su abuela que tenía apoyada sobre su hombro logró calmarlo. Dio media vuelta y salió corriendo, dando un portazo. El espíritu de Encarna desapareció.
Sara se despertó con el ruido del portazo y encendió aturdida la lámpara de noche que tenía a su lado. Carlos dormía dándole la espalda. Se quedó quieta intentando oír algo, tratando de localizar el ruido que la había despertado. De repente el teléfono sonó y Sara se sobresaltó. Cinco minutos más tarde, entró en la habitación de su padre y encendió la luz. Lo encontró sentado, con los ojos abiertos, muy alterado. Al verla, el anciano se llevó un puño a la boca y se mordió un dedo. A Sara se la notaba angustiada, había llorado e iba en pijama. Se quedó de pie por un momento, plantada frente a la cama, intentando mantenerse serena. Cuando se atrevió, se sentó cansada en la cama junto a su padre. Respiró hondo y le agarró la mano. Sara aguantó a duras penas las lágrimas. Se había prometido no llorar frente a su padre. Debía de verlo como algo natural. No soportaría verlo llorar.
—Papá, han llamado del hospital. Mamá... —no pudo acabar, se quedó sin aire.
El abuelo mordió más fuerte su mano hasta que se hizo sangre, como queriéndose despertar de aquel mal sueño. Su hija le sacó la mano y se asustó al ver el pánico en sus ojos empequeñecidos.
—No puede ser. Ella no me dejaría, lo prometimos. Es mentira, se han equivocado —dijo el abuelo tartamudeando.
Sara se acercó y lo abrazó con fuerza. El abuelo, lentamente, levantó los brazos y la abrazó.
—Papá... yo...
Sara no aguantó más y lloró cuando sintió el temblor en los brazos de su padre.
—No puede ser —repetía el abuelo con los ojos fijos en la puerta abierta.
Sara no dejó de llorar mientras le explicaba lo que había ocurrido. Al tener hundida la cara en su pecho José no le entendía casi nada de lo que decía. David abrió la puerta de su habitación y salió al pasillo. Se quedó quieto mirándolos, abrazados y llorando. El abuelo lo miró fijamente.
—No puede ser —dijo el abuelo con la voz rota.
Sara lamentó con voz entrecortada no haber podido despedirse. Convencido de que todo era una equivocación, el abuelo le recordó lo que su madre siempre le decía de pequeña.
—A los seres queridos nunca se les dice adiós porque —comenzó a decir, pero la certeza se le quebró y dudó, después miró a su nieto— porque nunca se separan de nosotros. Somos una sola alma...
—Un mismo corazón —dijo Sara para finalizar la frase que siempre repetía su madre cuando se refería al amor que le tenía a su marido.
Sara se acurrucó en los brazos de su padre, más calmada. Y se quedaron en silencio. Carlos encontró a David en el pasillo y lo cogió en brazos para meterlo de nuevo en su cama. No pasa nada, le dijo para tranquilizarlo.
El abuelo miró hacia la ventana. Amanecía.